Mendoza, Otamendi y González-Echarte. Metro de Madrid


Principal Arriba Brunel Juan Benet Antonio Moreno Ontañón Mendoza, Otamendi y González-Echarte. Metro de Madrid Terzaghi

Manuel Melis Maynar

Catedrático de Geotecnia

Catedrático de Ferrocarriles

 

ESTAS PÁGINAS ESTÁN DEDICADAS A LOS ALUMNOS DE 6º CURSO DE FERROCARRILES DE LA ETS DE CAMINOS DE MADRID.

 

LA UNIVERSIDAD ES APRENDER A PENSAR, ESPÍRITU DE TRABAJO  Y ESPÍRITU CRÍTICO AL MÁXIMO NIVEL.

 

 NACIMIENTO DEL METRO DE MADRID. INGENIERÍA Y ARISTOCRACIA

 TRES GRANDES INGENIEROS Y TUNELEROS.

 

 

Carlos Mendoza

 

Miguel Otamendi

 

 

Antonio González Echarte

 

TRES GRANDES TUNELEROS: LOS INGENIEROS DE CAMINOS

D. MIGUEL OTAMENDI, D. ANTONIO GONZÁLEZ ECHARTE Y D. CARLOS MENDOZA

FUNDADORES Y CONSTRUCTORES DEL METRO DE MADRID, 1917

 

Reproducimos aquí, para los alumnos de 6º de Ferrocarriles de Madrid, las páginas del libro, agotado, de Aurora Moya “Metro de Madrid 1919-1989. Setenta años de historia” que se refieren al nacimiento del Metro de Madrid y a la vida de los tres Ingenieros de Caminos fundadores.

 

EI siglo XX empezó dinámico e intenso. En 1900 liberales y conservadores se alían en la Unión Nacional y los anarquistas celebran un congreso. Sagasta vuelve a presidir el gobierno tras el cese del gabinete conservador de Silvela, Polavieja y Durán y Bas. Nacen el Banco Hispano Americano, el Banco de Vizcaya y el Español de Crédito. Y, en 1902, se abre una nueva página en la historia española: Alfonso XIII jura la Carta Magna de 1876, dando comienzo al período de Monarquía constitucional que llegará hasta 1923.

 

Ese año de la jura del monarca fue fundamental para la historia del Metro de Madrid, porque es la fecha en que un ingeniero de Caminos, Carlos Mendoza, da principio a su colaboración con otros dos ingenieros: Antonio González Echarte y Miguel Otamendi.

 

Nacido en Madrid el 8 de noviembre de 1872, Carlos Mendoza y Sáez de Argandoña estudió ingeniería de Caminos en la Politécnica madrileña primero y después en la recién creada Escuela de Ingenieros. Se especializó en física e hidráulica y, recién conseguido el título, en 1895 encontró el obstáculo de que el programa hasta entonces oficial de la carrera carecía de una asignatura que pasando el tiempo se reveló como fundamental: electricidad. Eso motivó que Mendoza tuviera que asociarse más adelante con otros ingenieros más jóvenes en cuyos programas de estudios figuraba la electrotécnica.  En 1898 Mendoza consiguió su primer trabajo, un estudio del ferrocarril de Madrid a Santoña, encargado por una sociedad francesa representada en España por el señor Braconier. La guerra española con Estados Unidos dio al traste con el proyecto por problemas de capital.  El ingeniero tenía un buen amigo y colega, Alfredo Moreno, quien había terminado la carrera un año después. Con él estableció en Madrid una oficina técnica. La sede se instaló en el domicilio particular de la madre de Mendoza.

 

Muy poco tiempo después de asociarse, surgió una oferta que resultó fundamental. Alfredo Moreno, el socio de Mendoza, era primo del hijo primogénito del duque del Infantado, el marqués de Santillana. El marqués se había interesado por una concesión sobre los saltos de agua del Manzanares. Los adjudicatarios eran Felipe Mora, González Echarte y Marchamalo. Adquirió Santillana los derechos de Mora y se embarcó en solitario a la aventura. Para la dirección de la administración de obras del Salto de Navallar llamó a su pariente. Así empezó la carrera de Mendoza y Moreno.

 

Ambos ingenieros se encontraron con el problema ya detectado: las instalaciones eléctricas. Aconsejaron entonces al marqués que llamara a Antonio González Echarte, especialista en el tema que había estudiado con el profesor Madariaga en la Escuela de Minas. González Echarte nació en Madrid en 1864. Era ingeniero director de Hidráulica Santillana y había ampliado sus estudios de electricidad en Estados Unidos. Echarte se incorporó a la oficina técnica que pasó a llamarse Mengemor, abreviatura de los tres apellidos.

 

Carlos Mendoza había hecho amistad con otra persona importante también para la historia futura. Era don Esteban Crespí de Valldaura y Fortuny, XIV conde de Castrillo, XVIII conde de Orgaz y X conde de Sumacárcer. Se conocieron en las juventudes católicas tiempo atrás, y mantenían estrecha relación. En 1900, el conde de Orgaz encarga a Mendoza y sus socios la dirección técnica del salto del Algar.

 

Tres años más tarde, los tres ingenieros entran a formar parte junto con el conde, su madre, la condesa viuda de Orgaz y sus hermanos Joaquín, marqués de la Vega de Boecillo, Carlos, conde de Serramagna y Manuel, de una nueva sociedad, la compañía mercantil anónima «Hidroeléctrica del Algar», para la explotación de una gran central de electricidad en Callosa de Ensarriá. En esta sociedad Mendoza sería nombrado director gerente y, a la muerte del conde, presidente del consejo de administración.

 

Entretanto, un familiar de Carlos Mendoza le ofrecía la adquisición de una central eléctrica que había construido en Tetuán de las Victorias, pueblo situado en las afueras de Madrid, más allá de los Cuatro Caminos. El propietario no era técnico, sino dueño de una lotería y la central, movida por dos motores de gas pobre de sesenta caballos, le daba bastante guerra. Los ingenieros consideraron que una vez en funcionamiento el salto de Navallar, la línea de transporte a Madrid tenía que pasar cerca de la central de Tetuán, que podría tomar de ella la fuerza precisa para mover las máquinas eléctricas, prescindiendo así de los motores de gas pobre. Compran la fábrica y registran de inmediato, el 14 de marzo de 1904, la compañía anónima Mengemor. La central se valora en ciento ochenta y nueve mil pesetas, repartidas en ciento ochenta y nueve acciones liberadas. Cada ingeniero recibe sesenta y tres acciones.

 

Además, se emiten a la par noventa y nueve acciones liberadas de las que suscriben el 50 por ciento Carlos Crespí de Valldaura, hermano del conde de Orgaz, y las cuarenta y nueve restantes las adquiere otra persona relacionada con los tres socios: José Otamendi. Otamendi tenía cuatro hijos, de profesión ingenieros y arquitectos. Pronto trabajarían con Mengemor.

 

La empresa decide renovar y ampliar la central de inmediato. Se proyecta un nuevo edificio en el que intervienen los arquitectos Joaquín Otamendi, Antonio Palacios y Manuel Mendoza, hermano de Carlos Mendoza. Más tarde los motores de gas desaparecerían al utilizar totalmente la energía eléctrica procedente de Hidráulica Santillana. Desde esa central recibió fluido eléctrico toda la barriada de Tetuán, parte de la de Chamartín de la Rosa y la zona de Cuatro Caminos, hasta que el 31 de diciembre de 1926, el negocio fue traspasado a la Fábrica de Electricidad de Pacífico.

 

Junto a toda la familia Crespí de Valldaura los tres ingenieros acometen entonces la construcción de un salto de agua en el río Ohanes, en Almería. En este trabajo participa plenamente otro de los hijos de José Otamendi, Miguel, ingeniero de Caminos. En ese momento se producen cambios en Mengemor, dimitiendo Alfredo Moreno de sus cargos y entrando en la composición de la sociedad Juan Gómez Landero, que ejercerá el puesto de secretario. Mengemor realizó cara a este proyecto diversas am pliaciones de capital, dando entrada en la sociedad a nuevos accionistas: Pedro Sangro y Casto Jimeno, parientes de los ingenieros fundadores, el marqués de Alba Serrada y el marqués de Besora. Un tercer trabajo en Jaén, el salto del Vado de las Ollas, en el río Guadalimar, que debería dar energía eléctrica a las minas de Linares y La Carolina, inicia la participación de José Moreno, conde de Fontao, hermano de Alfredo Moreno y de Juan Bautista Toll.

 

Otra relación inicial generada por este trabajo es con la familia García de Vinuesa, propietaria de la Central Eléctrica San Antonio, en La Carolina, la primera compañía abonada a la nueva central productora. En 1911 Mendoza adquiere una opción de compra de otro salto sobre el Guadalimar -el Salto del Escudero- y posteriormente, en 1913, la sociedad a través de Otamendi, consigue otra concesión sobre el Guadalquivir en el término de MengIbar.

 

Más tarde Mendoza estudiaría el proyecto de canalización del Guadalquivir entre Córdoba y Sevilla y, a continuación, iba a emprender la construcción del salto de El Carpio, cuyas obras fue a visitar el Rey Alfonso XIII, amigo personal de Carlos Mendoza, hasta el punto de que sus descendientes recuerdan visitas inesperadas del Rey a comer a la casa familiar con cierta frecuencia.

 

EL METRO DE MADRID. Fuera de un intento de concesión del ingeniero José Bores y Moreno a principios de siglo, la posibilidad de construir un Metro en Madrid seguía a la espera. Carlos Mendoza empezó a pensar en ello un día a finales de 1913 en que aguardaba en la cola de las paralelas de la Puerta del Sol el tranvía a Cuatro Caminos. Mendoza contó el número de viajeros probables, barajó números y empezó a diseñar la posibilidad de dar otra opción al transporte. El ingeniero había visitado París en su viaje de bodas y el ferrocarril subterráneo le había interesado vivamente.

 

1914 marcó el inicio de la 1ª Guerra Mundial, en la que España se declaró neutral. Hasta ese año, los acontecimientos en el país se habían sucedido con rapidez: desde el atentado contra el Rey o la crisis de Marruecos a la Semana Trágica de Barcelona; del gobierno conservador de Maura al liberal de Moret, hasta la presidencia liberal-demócrata de Canalejas, asesinado en 1912. Madrid contaba entonces con seiscientos mil habitantes, de los cuales un 47,6 por ciento eran inmigrantes. El centro de la ciudad concentraba los principales edificios públicos y espectáculos, el comercio y artesanado y la vivienda de la clase media. Al sur, en torno a los barrios del Rastro se localizaba la pequeña industria y las casas de vecindad, las posadas y los paradores destinados a la población flotante.

 

Alrededor de la Gran Vía y el eje del Paseo del Prado y Recoletos tienen cabida los comercios de gran lujo, las entidades y sociedades particulares, los hoteles y las salas de espectáculo. Por último, el núcleo que encabeza el Palacio Real era la zona habitada por la aristocracia y el funcionariado de Palacio. La burguesía y las clases acomodadas residen fundamentalmente en el ensanche.

 

El cinturón del extrarradio que bordea la ciudad se forma a partir de los pequeños núcleos de casas anárquicamente construidas a lo largo de las vías de tráfico: Tetuán de las Victorias, Corredera de Chamartín, Camino de Hortaleza y Carabanchel. Para todo ese conjunto, en Madrid actuaban once compañías de tranvías, que en 1904 explotaban 230.239 metros de líneas, con veinticinco locomotoras eléctricas y nueve de vapor. Las cuatro compañías que enlazaban el centro de la ciudad transportaban por ese tiempo un total anual de cuatro millones novecientos veintitrés mil viajeros.

 

Mendoza, según daba vueltas a lo que podía representar un metropolitano en la ciudad, decidió llevarlo a la práctica. Habló con sus dos socios, González Echarte y Miguel Otamendi. De mutuo acuerdo, decidieron que fuera Otamendi quien se ocupara del proyecto y de conseguir la concesión. Mendoza dedicaba su tiempo a Mengemor y González Echarte estaba volcado en Hidráulica Santillana.

 

Miguel Otamendi había terminado la carrera de ingeniero de Caminos en 1898 y perfeccionado los estudios en el Instituto Montefiori, anejo a la universidad de Lieja. En 1900 volvió a España con el título de Ingeniero Electricista. Ingresó más tarde en el Canal de Isabel II González Echarte, que conocía desde niño a Otamendi -ambos eran de San Sebastián- le encargó, varios proyectos para la Hidráulica Santillana. En 1901, junto a su hermano Joaquín y Antonio Palacios -arquitectos- consiguió el primer premio de proyectos para un puente monumental sobre el Nervión convocado por el Ayuntamiento de Bilbao. En 1910 tomó posesión del cargo de profesor de la Escuela de Caminos. En ese puesto cesó en 1914 para dedicarse al proyecto del metropolitano.

 

 

LA CONCESION.  El 23 de mayo de 1914, Miguel Otamendi dirige la siguiente carta a Carlos Mendoza:

 

"Mi querido amigo: Con esta fecha he presentado en el Ministerio de Fomento el proyecto de Ferrocarril Metropolitano de Madrid y, de acuerdo con lo que hemos convenido, la propiedad de la concesión, que se solicita a mi nombre, será por partes iguales de don Antonio González Echarte, de don Carlos Mendoza y mía, siendo por tanto cada uno propietario de una tercera parte. En caso de fallecimiento de alguno de los tres socios, los derechos y obligaciones que de dicha concesión se deriven, pasarán a sus herederos.»

 

Años más tarde, en la sesión del 28 de marzo de 1930, Miguel Otamendi, entonces ya director gerente de la Compañía, explicaría a la junta general de accionistas las primeras dificultades de la concesión:

 

«Al empezar la tramitación del expediente, surgió la primera dificultad, pues se exigía el depósito del 1 por ciento del importe total del presupuesto, o sea, un depósito de doscientas mil pesetas. En vista de ello, los tres ingenieros peticionarios expusieron en el Ministerio de Fomento los perjuicios que con esta medida se irrogaban, puesto que de persistir en tal exigencia y ante la imposibilidad de efectuar este depósito moriría en flor una iniciativa que podía ser de gran interés general para Madrid. Afortunadamente al frente del Ministerio de Fomento estaba el señor don Abilio Calderón, que se hizo cargo de la justicia de la demanda de los peticionarios, y, previo informe del Consejo de Estado se accedió a que continuase la tramitación del expediente, pero bien entendido que en el momento de otorgarse la concesión, los concesionarios deberían depositar, en concepto de fianza, el 3 por ciento, que ascendía a seiscientas veintiocho mil pesetas, dentro del plazo de un mes, contado a partir de la publicación en la Gaceta. Así se hizo.»

 

El proyecto se refería a la construcción de una red subterránea de 14 kilómetros, en cuatro tramos. El Metro debía cubrir lo más importante del Madrid centro, abriendo posibilidades de expansión hacia las nuevas zonas pujantes, hacia suelos que se perfilaban ya como futuros barrios de un Madrid muy próximo. En la memoria de su proyecto, Otamendi lo explicaba así:

 

«El Ferrocarril Central Metropolitano de Madrid, tiene por objeto establecer una rápida y cómoda comunicación entre sus barrios más populosos y entre éstos y las principales estaciones de ferrocarril. Se construirán para ello galerías subterráneas de doble vía, que constituyan las arterias principales de la completa red que en su día comprenderá entre sus mallas el conjunto de la capital y sus alrededores.

 

La capital de España, de día en día, se va desarrollando, y si recordamos el movimiento de viajeros que hace veinte años servían los tranvías de tracción animal y lo comparamos con el que actualmente realizan los tranvías eléctricos, se ve que el tráfico ha aumentado mucho más rápidamente que la población. ¿A qué se debe este hecho? Pues indudablemente se debe en gran parte a la rapidez en las comunicaciones, a la mayor velocidad y confort de los tranvías eléctricos respecto de los de caballerías. Los habitantes de Madrid desean trasladarse de uno a otro lado rápidamente, con comodidad y sabiendo el tiempo exacto que van a .invertir en el recorrido. La red actual de tranvías eléctricos que tan positivos beneficios hasta aquí ha causado, no creemos, sin embargo, que pueda dar satisfacción definitiva a las necesidades crecientes de nuestra capital.

 

La estrechez de gran parte de sus calles, el tráfico intenso y desordenado de peatones, coches y carros que circulan por ellas, el trazado de las mismas, con curvas violentas y fuertes pendientes, son otros tantos obstáculos que impiden hoy día a los tranvías circular con rapidez y, lo que es más importante, son dificultades que se agravarán de día en día, pues la vitalidad de Madrid exigirá cada vez tráficos más intensos. Estos defectos no se podrán corregir por la imposibilidad de aumentar la velocidad de los vehículos que ya es peligrosa en la actualidad, ni de aumentar el número de sus coches, pues las dificultades de los cruces empeorarían el mal en vez de corregirlo.»

 

Otamendi añadía, abundando en la necesidad de su ferrocarril metropolitano: «el pueblo de Madrid tiene derecho a que se satisfagan sus justas necesidades de trasladarse de uno a otro lado rápidamente, con comodidad y sabiendo el tiempo exacto que va a invertir en los recorridos, sin los imprevistos de paradas, cruces y atascos.  Este programa realizará el Ferrocarril Metropolitano alcanzando una velocidad comercial de 25 kilómetros por hora, con una capacidad de tráfico que permitirá lanzar cada dos o tres minutos trenes de cinco unidades, en los que holgadamente cabrán 250 personas, cumpliéndose los horarios con precisión matemática y cruzando Madrid a través de una galería con doble vía, en la que circularán anchos y cómodos vehículos, perfectamente iluminados, que en menos de diez minutos recorran trayectos como el de los Cuatro Caminos a la Plaza del Progreso. Esta capacidad de tráfico permitirá también en las fiestas poner al público en sitio oportuno y a la hora crítica».

 

Frente a las opiniones adversas, argumentaba el ingeniero:

 

«Ninguna de estas consideraciones tienen novedad alguna, están sancionadas por la experiencia en todas las grandes capitales en donde son habituales los Metropolitanos y si las repetimos una vez más, es porque aún quedan gentes que se sorprenden al oír hablar del Metropolitano de Madrid, como si se tratase de algo fantástico que para nada necesitamos, cuando "nos va tan bien con los tranvías". A estas gentes ya las conocemos: son las que después se opusieron a los tranvías eléctricos; son, en una palabra, la eterna rémora del progreso. y hay que reconocer, desgraciadamente, que ejercen en España una gran influencia social.».

 

Concluía Otamendi: «Creemos, por lo demás, que en relación con otras capitales, como París, que tiene 92 kilómetros de red metropolitana, corresponden a Madrid más de los 14 kilómetros que constituyen nuestro plan completo.»

 

La influencia del Metropolitano en el desarrollo de la ciudad sería decisiva, según el técnico, que apuntaba en tres direcciones: la posibilidad de disfrutar de casas de recreo en los alrededores, la mejora de las relaciones de vida entre los habitantes, al reducir las distancias, y el valor de los terrenos en el centro de la ciudad.

 

«A nuestro juicio, es evidente. Es este el momento crítico. Es este el momento en que se marca en la capital de España una tendencia al desarrollo que es preciso favorecer, para que se efectúe en las debidas condiciones. Los hechos son los que siguen: en los últimos 50 años se ha triplicado la población de Madrid. La capital ha de cuadriplicarse por lo menos en otro período semejante.»

 

Sobre proyectos anteriores, Otamendi considera que se abordó el problema «con timidez, estableciendo enlaces aislados, montando los servicios que no prestan los actuales tranvías, sentando como un axioma el hecho de que las comunicaciones que estos últimos realizan son perfectas y el público está satisfecho con ellas».

 

En este sentido, aclaraba: «En todas las grandes urbes del extranjero los metropolitanos se han construido no para cubrir las lagunas que deja la explotación de los tranvías que corren por sus calles, sino para crear redes completas que enlacen los principales núcleos de población, encauzando sus intensos tráficos por líneas subterráneas».

 

 

LA RED

LINEA 1: Atraviesa Madrid de Norte a Sur y en su día se prolongará por ambos extremos.

LINEA 2: De Ferraz-Puerta del Sol-Goya, que en- laza con el centro de la Villa los barrios Oeste y Este, y que si se limita ahora, antes de muchos años se extenderá notablemente.

LINEA 3: A lo largo de la calle Serrano. Nace en la Plaza de la Independencia y enlaza con la linea 2

LINEA 4: Ferraz- Bulevares-Alcalá, enlaza los dos extremos de la línea 2 a través de los bulevares, vía de importancia extraordinaria, pues ya se adivina será el eje del futuro Madrid. Enlaza con la 1 y la 2 en la Puerta del Sol.

 

Se plantean tres clases de estaciones: terminales, de empalme y superpuestas. En Sol y Serrano se realizarán los cruces de las diversas líneas. Las vías deben tener el ancho internacional, de 1,45 metros, facilitando las obras del túnel y no dando a éste las proporciones que exigiría el ancho normal de los ferrocarriles españoles, que es el de 1,67. Así, el Metro sería exclusivamente urbano y su empresa al alcance de las posibilidades financieras del momento.

 

El material móvil elegido es el de vehículo suctor simétrico, es decir, con cabina de maniobra para el conductor en el testero de delante y en el de atrás. Con esta solución, a cambio de perderse un poco de espacio por la doble cabina, se obtiene la ventaja de evitar las raquetas en las estaciones terminales, facilitando la formación de trenes de diverso número de unidades. Cuando los trenes lleven tres unidades o cuatro, la del centro o las dos que ocupen la parte media no serán motoras, sino de remolque. En el caso límite de cinco unidades, las impares serían motoras.

 

La toma de corriente se hará por dos frotadores situados en la parte superior del vehículo. La carrocería se prevé metálica. El parque estará compuesto de ochenta coches motores y cuarenta remolques. De los ochenta motores, la mitad serán de 2ª clase y los otros cuarenta coches mixtos de 1ª y 2ª clase, de modo que estén promediados los asientos de ambas clases. Los coches de remolque serán todos de 2ª clase.

 

El horario probable se fija de seis de la mañana a dos de la madrugada. La frecuencia se resume en: 'Cinco horas de servicio, con dos y tres coches cada tres minutos, de once de la mañana a nueve de la noche; tres horas de servicio, con un coche cada seis minutos, entre ocho y once de la mañana y de once de la noche a dos de la madrugada; y dos horas de servicio, con un coche cada seis minutos, de seis a ocho de la mañana y un coche cada tres minutos, de nueve a once de la noche. La velocidad media es de 20 kilómetros por hora. Sobre esta tabla el número de coches por kilómetro se establece en 600 coches por kilómetro de seis a ocho de la mañana; 1.740 de ocho a once; 5.700 y 8.500 en los dos supuestos de once de la mañana a nueve de la noche; 1.160 hasta las once de la noche y, de esa hora a la terminación del servicio, 900 coches por kilómetro. En total, 18.600 coches por kilómetro y día. Se señala en la memoria que «esta cifra es de esperar que se alcance en Madrid a los pocos años de la explotación, pues es inferior a la mitad de la que arrojan los Metropolitanos del extranjero".

 

En cuanto al precio, un recorrido cualquiera con derecho a un transbordo en 2ª clase, se fija en quince céntimos. En 1ª, a veinte céntimos. No existe servicio de mercancías.

La tarifa da derecho al viajero a recorrer la distancia que desee, cambiar de línea en cualquiera de las estaciones de empalme o superpuestas y recorrer esta segunda línea a su estación terminal. Pueden transportarse equipajes de hasta diez kilogramos de peso, con sólo pagar el precio de su asiento. Paquetes de mayor envergadura, quedan prohibidos. La empresa se compromete a ejecutar con cuidado, exactitud y con la velocidad estipulada, el transporte de viajeros. El billete no da derecho a asiento, es decir, que cuando todos estén ocupados, los usuarios irán de pie en las plataformas hasta completar el número de plazas de cada carruaje.

 

La empresa se reserva, además, el fijar tarifas reducidas de ida y vuelta, abonos mensuales, abonos para obreros, escolares y otros. Por último, se señala que los ingenieros del Estado y del Mumcipio, encargados de la inspección y vigilancia de este ferrocarril, serán transportados gratuitamente.

 

El presupuesto planteado en aspectos básicos de infraestructura era como sigue:

 

El presupuesto de los ochenta coches motores con capacidad de cuarenta asientos y dieciséis viajeros de pie, se asignó en tres millones doscientas mil pesetas. Cada coche costaba cuarenta mil pesetas. En el caso de los cuarenta coches remolques, la unidad costaría dieciséis mil pesetas. El total suma, por tanto, seiscientas cuarenta mil. Añadiendo a esto quinientas mil pesetas por el concepto de coches y vías de enlace del material citado, la suma global arrojaba la cantidad de cuatro millones trescientas cuarenta mil pesetas.

 

Miguel Otamendi presentó su proyecto como ferrocarril secundario, sin subvención del Estado. Eso significaba que la concesión podía solicitarse al Ministerio de Fomento, en lugar de realizar la solicitud al Ayuntamiento. Los trámites burocráticos se aligeraban así considerablemente. Esa era una de las dos posibilidades marcadas por la Ley de Ferrocarriles Secundarios y Estratégicos de 1908, que preveía dos vías, la subvención estatal y tarifas fijadas por el Estado, o la renuncia a la subvención y las tarifas libres. Esta segunda opción fue la elegida.

 

La suerte estaba echada. Para Madrid, que ya contaba con seiscientos catorce mil habitantes y por cuyas calles circulaban mil quinientos automóviles particulares, además de casi doscientos autocamiones y más de cinco mil coches de tiro, se anunciaban nuevos tiempos.

 

 El presupuesto era el siguiente:

 

                

 

Características técnicas del proyecto

Profundidad: De Cuatro Caminos a Glorieta de Bilbao, poca profundidad. De uno a dos metros desde el trasdós de la bóveda hasta el pavimento de la calle. Desde Bilbao a la Puerta del Sol, a una cota que oscila entre los 12 y los 20 metros bajo la rasante de la

calle

 

Vía: Doble vía. de 1.445 metros de ancho. la misma de los tranvías. La pendiente máxima es del 4 por ciento y la curva de mínimo radio es de 90 metros.

 

Estaciones:  Siempre en horizontal En caso de rampa, se prolonga la horizontal en 25 metros, para facilitar el arranque de los trenes. Distancia media de 500 metros entre estaciones. Las dos terminales de Sol y Cuatro Caminos, que serán las de más intenso tráfico, tendrán andenes de 4 metros de anchura; la línea se prolonga en ellas 100 metros, para efectuar la maniobra de retroceso.

 

Túnel: Tiene dimensiones suficientes para que circulen amplios coches de 2,40 metros de anchura con toma de corriente eléctrica por pantógrafo e hilo aéreo. A todo lo largo del túnel hay, cada 25 metros, pequeños refugios de 1,50 metros de ancho, para guarecerse el personal de la vía. La distancia entre el eje de un refugio y el otro es de 12,50 metros.